Ya está – de Margarita Rothenberg

Ya está
en el auricular
articula
una voz de mujer
atajo la frase con mi oído
un efecto de lija un arrastre
de suela en suelo de suburbio
repito ya está muchas veces ya está
se guarecen las letras 
caramelo amargo
entre la encía y la muela
me adormecen me recuerdan
plaqueta filosa de radiografía
un momento metido dentro de esas palabras 
parecen tan fáciles huecas dos pulsos de uña
en un vidrio
de ventana
dos pulsos
que no llaman no abren no despiertan
ya está
tiempo ya
nunca se sabe cuándo es ya
verbo estar
estar como ser parecer
estar es nada
ya está podría ser para el aplauso
la meta después de la carrera
se adhiere la s de chicle en un colmillo
essssstiro y esssssstiro con mi lengua
me sale yyyyyyyya
una palada de arena húmeda
desde el paladar
resbala por los labios y cae
por su propio peso y no hay essssstá porque las s impactaron
la tela suave de su globo

ya está
dice la voz de la cuidadora un segundo después
anuncia
debo acercarme
ya se encargaron de llamar al médico
el médico no está pregunto
por decir algo
no está pero ya viene

¿Dónde queda la otra orilla? Donde todo se mueve y parece que no hay nada. O donde todo termina una ola que cierra la playa como un párpado o donde algo empieza una ola que se arrastra como un labio para soltar la primera palabra. 2020 hiciste que el taller literario se encarnara en la otra orilla. Un punto de misterio, de búsqueda, de siempre y nunca llegar. En esa ambigüedad mi orilla nace crece rompe el tegumento y se sumerge en un aire de olores diferentes a los que imaginaba desde adentro. Las palabras feliz y gracias tan dichas y redichas, me vienen a flote: feliz porque el taller me sostuvo el talle, siempre. Gracias porque, Emilio, de tus bolsillos mágicos salieron sales que me hicieron sentir que la orilla es un lugar un poco más allá.

Margarita Rothenberg
Margarita Rothenberg junto a la muelita de Hurlingham

Ellas y yo – de Graciela Furno

P_ Buenas noches. Hoy quiero pedirles, especialmente, que sean lo  más suaves posible conmigo. Como cuando pasan las nubes; como vapor que se esfuma.

MD_ No recuerdo que hayamos sido bruscas alguna vez.

MI_ En lo que a mí atañe, a veces debo ser un poquito más intensa. Ud. sabe, si no, se pierde la intención.

P_ Sí, sí, entiendo, por supuesto.

MD_ Nuestro dueño se está acomodando en el taburete y ya empieza a aflojarnos los posibles nudos. Uno por uno. Ay! Parecía que iba a quebrarme el meñique.

MI_ Claro, estuvimos quietas varios días, llevando y trayendo partituras o aburriéndonos en los bolsillos.

P_ Amigas, amigas. No lo tomen a mal. Hoy estoy un poco más sensible que de costumbre porque acaba de irse el afinador. Y cada vez que viene, mis cuerdas quedan doloridas, susceptibles. Aunque también los movimientos se hacen más plásticos y disfruto mucho más de mi sonido. Me imagino que ustedes también.

MD_ No se preocupe. Seremos cuidadosas. De todos modos, la sonata es breve.
¡Eso sí! ¿Escuchó últimamente los bemoles? Espero que el afinador los haya arreglado. Algunos sonaban huecos, oscuros, opacos.

P_ Me parece que quedaron con más brillo.
¡Una serenata! ¡Qué bueno! ¡Estaré a mis anchas! Las notas van a revolotear desde mis cuerdas y el aire se llenará de reverberancias.
Después las ventanas dejarán escapar algunos sonidos hacia el exterior para que otros se deleiten con ustedes y conmigo.

MD_ Estamos preparadas.

P_ Un momento. Tengo que respirar hondo… hondo… Ya estoy casi listo.

MD_ Ufffffffffffffffffff…

MI_ ¡Qué viejo cascarrabias! ¡Preparate para cuando toquemos la novena de Beethoven! 

Me incorporé al taller este año, justo al comienzo de la cuarentena. Por eso, al único que conocí “con cara y todo” fue a Emilio, una semana antes. Esta circunstancia, a pesar del año complicado que tuvimos, se convirtió, para mí, en una  novísima  experiencia. Y lo más notable fue que, a pesar de esas limitaciones, se transformó en una instancia riquísima de intercambio, aprendizajes, tarea compartida, compañerismo. La amplitud, el estímulo permanente de Emilio, así como la dinámica que logró sostener durante todo el año, su capacidad de coordinación, su entrega, me parecen una muestra de idoneidad y compromiso. Además de ser por momentos un cable a tierra, o, como bien dijo una compañera, un refugio, encontré muchas nuevas lecturas, sugerencias, aportes permanentes y disfrute. Agradezco todo esto a Emilio y al resto de los compañeros, destacando a Marga, que también fue sostén permanente.

Graciela Furno
Graciela Furno

ave cede – de Nahuel Ferreyra

Arde alba ántrax aúllan altisonantes
Aluminio, argón aliteración ahí ¡ay!
Bombos blus blasfemia baraja berilio
Barrios bebían bilis bubónica brutal brillo.  

Culpabilidad condena codiciosa culmina
Cuerpo cuproso caleidoscópico censura.
Demandan demasiada destrucción
Destripan delirios de debilidad divina.  

Erradicando erratas errando elegante
Enganchado electrodos el en es
Figura firme de ficción feliz falleció
Filtran falacias, fornicando fobias y fabulas.

Garras guerreras germinan gentilicios
Grotescas grutas gritando ¡GOBERNANTES!
Hijo honesto hipoteca historias hilarantes
Himnos heroísmo honor e histeria  hitos.  

Ingesta irritante interviene incesante
Iridio ilógico ilegitimo interminable infeliz
Jaque de jueces jugando a ser jeques
Justicia joyería justifican y se jactan jilguero.  

Karma kilos kilómetros kriptón
Libre liebre libra luchas y linchamientos
Letras lloran llevan libertad lealtad latina
Litio laurencio lantano LA.
ME ME ME
Mimos malos mueren mientras mutan
Mezquitas musulmanas, mi mente murió
¡MENTIRA MALICIOSA!
Mucha Maldad mueve montañas.  

Noches nítidas nublan necesidades nostálgicas
Nutren a n nitrógeno natural nuestra nación
Oligarcas optan ocupan oro oriental
Oscuridad oxigena orgullos orgasmos.  

Piezas de pueblos pisados y podridos
Polos políticos pensadores palurdos
Paloma piensa posada pobre pino
P podemos pintar palacios a plomazos.  

Quienes quieren quejarse quebrasen quemado  

Rabia robótica retumba rimbombante
Ruinas rupias rasgan razas y razones
¡R. A. P!
Reyes relucen retrógrados razonamiento.  

Soledad solemne suelas solidas sonámbulas
Sociedades sionistas sueltan siniestros
“salaam”
Saltamontes sabio suelta suspicacia.  

Truculenta traición traba tecnología
Transiciones tenues trotan tímpanos en tórax
Única utopía universo uniforme
Uranio Urano urbano ununpento ununterio  

Vuelta volando viento vibrante
Villas venéreas villanas violentas
WWW
WWW. WORD.COM
WOLFRAMIO  

Xilófono xenofilico xilógrafos xenón
X- men
Yerba  de yeso yace.  

Zafiro zumba zamba
Zzzzzzzzz  

ABCD

Nahuel Ferreyra

Ritmo y poesía

Volver – de Tere Noacco

VOLVER………. con la frente marchita………..

El invierno quedó a su espalda, quería huir, era lo más auténtico y urgente en él.
Le pareció bueno aprovechar el fin de semana largo, estaba cansado, había cobrado las horas extra; en fin, todo ayudaba a poder cumplir sus deseos. Pensaba que la Diosa Fortuna esta vez estaría de su lado.
Recordó las vacaciones de su niñez, el viaje en El Marplatense, pasar por la estación Chascomús; eso sí, yendo en tren: olvida las medialunas del Atalaya, escuchar la guitarreada que partía de los coches de 2da. Cuando podía le decía a su mamá, ¡quiero ir al baño, me hago encima! Con esa excusa espiaba a aquella gente que sabía vivir y cantar como los dioses. Todo planificado para disfrutar de 15 días, pero la estadía apenas duraba 3.
Recordaba su paseo por la Rambla, los monumentos de las focas, la heladería Pérsico, las vidrieras del Hotel Provincial a las 5 de la tarde, cuando el chetaje de ese tiempo bailaba tango al compás de la orquesta de Julio De Caro.
No le queda duda de que heredó el ADN paterno; cuando puede, parte con fe y esperanza en busca del número que cambiará su suerte. Nunca hay que dejarse vencer por la desesperanza; eso sí, tiene que partir con todo estudiado, no como su papá, que partía a la desesperada, sin tener en cuenta las cábalas que los sabios publican en internet. Su madre soportaba estoicamente todo; tal vez, en ese tiempo su porvenir, en el mejor de los casos, habría sido ser niñera y, en el peor, ser empleada doméstica. Así se daban las cosas en esos tiempos, había que aguantar.

Esta vez va en micro con Laura. Ella no quiso repetir por nada en el mundo el viaje de vuelta, cuando tuvieron que vender la goma de auxilio, el pasa cassettes y casi casi el tanque de gas. Lo convenció de que era muy peligroso, lo peor había sido cuando pincharon a 2 kilómetros de Chascomús (era mejor no recordar…).
Esta vez, todo preparado, de diez. Listo, con todos los detalles para no olvidar y así evitar el fracaso; se decía que había que guardar el último boleto del colectivo (con la SUBE, olvídalo), colocar un espejo debajo de la cama, justo a la altura de la cabeza, jamás decir el número elegido en voz alta, dibujar en un círculo el número favorito; eso sí: doblar el papel en triángulo, pedir prestado al chino 3 monedas, enlazarlas con una cinta roja, no olvidar el trébol de cuatro hojas que está guardado entre las páginas de las Rimas de Bécquer, ponerse la ropa interior al revés (si es posible, color amarillo; eso olvídalo, pues nunca vio camisetas amarillas en ninguna lencería). Otra cosa que va a obviar por onerosa es prender 16 velas amarillas y una verde, encenderlas sobre un tapete verde; seguramente sería el precio de 18 horas de trabajo extra, así había que olvidarlo.

Finalmente llegaron (y, por qué no, felizmente). Pensó que había mucho tiempo por delante; no buscó hotel, derecho fue a poner su cabeza en la guillotina. El espectro de su mujer le decía, ¡dame el dinero, quiero tener los boletos de vuelta asegurados! Dormir se puede en la calle, caminar 400 kilómetros es imposible, es mortal, ¡dame el dinero por favor, dame ese dinero!
Jugó al azar la 3era docena. Por las bolitas con ojos sabía que esa mesa nunca ganaría; él insistía, otras tenían mala cara, se notaba que traían yeta. Así pasaron las horas, llegó el momento en que se dijo, “el último dinero trae suerte”. Ahí se pudrió todo; el dinero de los pasajes, ni qué pensar en el hotel. Las recriminaciones de Laura taladraban su cerebro, tratando de calmar las aguas decía que no había que preocuparse, de algún modo se arreglarían.
El amanecer se burlaba de ellos, un dolor punzante le tomaba parte del pecho y el brazo izquierdo, se desmayó. Llegada la ayuda de la ambulancia de su obra social, fueron despachados a su lugar de residencia.
Cuando despertó de su inconsciencia le dijo a Laura, ¡vistes que no había que preocuparse por la vuelta!

Estimados compañeros y caro profesor, fue muy lindo poder comunicar algo de mis pensamientos y que tuviera respuesta, cosa que no es fácil. Siempre que abría la compu y leía un mensaje de Uds., sentía que todavía estaba en este mundo, me daba mucha alegría; también, la constancia de Emilio para con nosotros cosa que en la actualidad no es muy corriente. El broche de oro, con el escrito de Alejo Carpentier, ni qué decir de lo que mandaron Uds. Fue este taller lo mejor del año para mí, estoy muy agradecida por todo.

Tere Noacco
Teresa Noacco

Fragmento de única entrevista post mortem – de Sofía Berghella

Se decía que en la antigüedad los poetas debían elevarse para comunicarse con los dioses, en esta entrevista le vamos a pedir al poeta y músico Luis Alberto Spinetta que se sumerja en nuestro presente no tan lejano al que el abandonó y nos siga transmitiendo a través de sus pensamientos e ideales una forma más hermosa de ver la vida. Por eso me atrevo a decir que esta entrevista me acerca a él sin tener que forzar su pensamiento, ni su imagen, ya que con su arte, él es el interlocutor válido de sí mismo.

Una tarde naranja de sol sobre la calle Arribeños, en el barrio de Belgrano, una casa nos invita a pasarla en su terraza. Guiados por un espíritu intuitivo acordamos que el fin de la entrevista se daría una vez que desaparezca el brillo del sol. Espontáneo, obstinado, inflexible y alquímico, el flaco (realmente flaco) atravesó esa tarde con marcha máxima, desplegando sus alas y luz invisible y una mueca sonriente constante.

Sophía Berghella: Imagino que un día te llegó un rutilante amanecer lleno de lirismo y fantasía ilimitada. Y que desde ahí muy rápidamente te llevó a la melodía y después al poema. ¿Es así?

Luis Alberto Spinetta: La idea es que dicho u oído suene igual. Eso es lo que quiere decir. Me dejo llevar en ese sentido, por algo que atañe al océano, cuando yo hablo de que todas las cosas que somos son el cielo, porque es evidente que surgimos de una situación cósmica, astronómica (se ríe tímidamente) estamos referidos a las estrellas aunque no lo queramos… Durazno sangrando, es uno de los discos donde primero se hicieron las letras y después la música de casi todos los temas, es un homenaje dedicado a mi padre. El fue el primero que me hace conocer la poesía.
Como verás ahora ando con este libro (extiende su brazo derecho, lo apoya en sus piernas, lo abre, lo mira y al cerrarlo me expresa alegremente) ¡el haiku! Entre tantas cosas llegó hasta mi este libro maravilloso y para serte sincero no va a ser la primera vez que hago citas de este libro; este poeta Basho, nacido en 1644, era un poeta zen altamente humanista, daba clases de poesía y se recuerda en tal sentido la anécdota con su alumno Kikaku y su poema sobre el pimiento.
Kikaku dice: “Escribí el siguiente poema, maestro: Libélulas rojas / quitadle las alas / son pimientos “. Basho respondió que un haiku debe suponer además un deseo distinto, y para probarlo lo escribió así: “Estos pimientos / agregadle alas / son libélulas”. (Me mira sonriente, mueve sus manos, levanta los hombros y me grita) ¡Contundente! Como lo veía uno y como lo veía el otro, me lleva a lo que me preguntas. Porque creo que eso define el mundo del que viví, ¡dos mundos! Entre la vida y el drama, o dos lugares imperantes: como proteger la vida y el de pasar por encima de ella, oh la música y la poesía.

SB: No tengo el mapa específico de tu carrera musical, y si lo tuviera no sabría por cuál álbum o canción empezar a preguntar, pero hay algo que siempre me intrigó y es tu primer y único libro de poemas: “Guitarra Negra”, lanzado en 1978. ¿Me dejarías leer unos versos sueltos?

Hace una reverencia y apoya su mentón en su mano para dispararme una mirada fija en tono de amenaza para oírme). Quería continuar con mi pregunta pero no fue necesario, sabíamos que la tarde caería cuando por fin habláramos de su libro.

Voy a buscar la muerte para nacerla
Alejaré de mi propia vaguedad el vórtice
Voy a cantar a la luna rosa
Haré un verso
Prometeré mi calma.

LAS: Cierta violencia interna se disparó sobre mí al escribir esos textos. Rimbaud, Antonin Artaud, o mi tan querido Castaneda, como también Henry Miller, Thoreau o Foucault, y así podría nombrar más, pero para esa época estos fueron los que cabalgué como inspiradores sintiéndome un hombre-faro captando todos esos mensajes . Ese estado surrealista de la mente me convenció para mostrar esos poemas, aunque no me sentía con la capacidad de ofrecer ese material. Lo considero como si fuese una especie de obra interior, como el home-office. (Se ríe a carcajadas, enciende un cigarrillo, le da la primera pitada). Es un descostillamiento (larga el humo) para hacer mejores letras, poemas, y por supuesto que hay un toco de material que queda diseminado, perdido en cuadernillos, hojas, libros, epígrafes, de todo. Tengo de todo, desde reflexiones inmediatas hasta laburos más pesados, como el estudio completo de una obra, ensayos y también un montón de dibujos. En un tiempo eran de índole “mandálicos”; en todo hay una verdad que podemos obtener. Y “Guitarra negra” es todo verdad para quien lo lea, sólo hay que hacerle caso a mi advertencia (me señala, me apunta con el índice y continua hablando).
Como nadie tiene conciencia del control de los manuscritos y aun de existir dicha conciencia, esta no intervendría en mi obra… y…bla bla bla ¡propongo que se olvide cada palabra a medida que ella se lea!
Nos quedamos en silencio por un rato, observando cómo se apagaba la colilla del cigarro bajo el cielo en un solo color.

Retomar el taller literario fue una sensación gratificante; un día que ya era igual a todos los que venían pasando… recibí un mail del profe en medio de plena cuarentena, el cual me dio el incentivo y el empuje para darle el ¡SI! Y acá estamos, creo que el papel que nos tocó jugar un poco a todos siendo a la distancia, nos favoreció, nos sentimos cómodos, seguros de compartirnos escritos de una manera más relajada respetando los tiempos y las ganas de cada uno, pero manteniendo ese contacto hasta el final de una forma divertida y responsable. Agradezco a cada uno por cualquiera sea el aporte y a Emi por ser un conductor con una fuerza y paciencia que nos llena de ánimo para continuar pese a todo lo que es este año tan especial. 

Sophía Berghella
Sofía Berghella

Al menos el día estaba hermoso – de Jimena Maggio

Cuando ya pisamos los treinta y las primeras líneas sabias se empiezan a trazar en la piel como angostos ríos fluyendo… comenzamos a tener la certeza de que atrás quedaron los veinte y que los cuarenta están al llegar. ¿Qué sentiste cuando cumpliste treinta? ¿Te acordás? Dejame contarte que a mí se me viene a la mente una foto vieja, vieja porque ya dejé los treinta hace una década y contando; en esa foto me encuentro mostrando tres dedos a la cámara y con cara de ¿miedo? ¿Preocupación? Quizá (y hoy lo entiendo así) sea un poco de ambas. Cuando llegás a los cuarenta ¡UF! Aquellas líneas sabias ya son más profundas, como grietas en el desierto. Empezás a plantearte la vida de otra manera ¿Será la sabiduría de la edad de la que tanto hablan? No sé si sabia, pero si sé que me volví un ser más pensante, más maduro, más alejado del conflicto; eso que antes me borraba la sonrisa, ahora solo me saca una mueca y pienso que ya va a pasar… y pasa, porque ya la pasaste y pasó.
Es complicado a veces escuchar a mi niña interna, esa que muchas veces me metió en quilombos, igual la oigo porque es una voz a la que no estoy dispuesta a callar, no todavía… Me paro, miro a mi alrededor y le digo plantándome: “No niñita, mejor tomemos por este camino”. Ella se conforma; así… rebelde y todo se queda quietita y me escucha, eso me reconforta porque sé que, si bien me equivoqué mil veces, las mil veces aprendí, creo que de eso se trata y eso es lo que hoy soy.

NÚMEROS

“La vejez existe cuando se empieza a decir: nunca me he sentido tan joven” —Jules Renard

Al menos el día estaba hermoso, eso era un buen comienzo. Me fijé en el celu y marcaba las siete a.m., 27 grados, sol radiante. Desayuné un té de manzanilla con unos bizcochos, un nudo en la boca del estómago anunciaba que la ansiedad estaba presente y a tope. Agarré mi bolso, preparado la noche anterior; sí, dormí poco y mal. Agarré las llaves y salí del depto, caminé dos cuadras hacia la parada del bondi. Pasó un flaco y me dijo buen día, respondí buenos días cortante, ¡ni lo conocía! Miraba las casas una por una, me llamó la atención las hermosas plantas y flores que tenían algunas. Llegó el colectivo y subí apresurada, ¡siempre tan torpe! Por suerte había un asiento junto a la ventanilla, me senté y me propuse disfrutar del viaje, el nudo ya era una pelota de tenis. Miraba a las personas, algunas con el pelo mojado; se ve que se bañan a la mañana, yo prefería la ducha al atardecer. Los perfumes se mezclaban entre sí creando un vaho insoportable para mi pelota, que ya era una número cinco. ¡Vaya que el día estaba bello! El cielo bien celeste, algunas pinceladas de nubes como trazadas a mano. Nunca antes me había fijado en la cantidad de sauces llorones eléctricos que había en las calles; es mi árbol favorito por lejos, tiene ese no sé qué, que me traía mucha paz con tal solo mirarlo, debería plantar uno en casa. Gente durmiendo en las veredas, me generaba tristeza, tal vez algo de impotencia, trataba de ignorarlo para no enroscarme, ya casi llegaba a destino. Me puse los auriculares y elegí Pink Floyd, bajé del bondi y me dirigí hacia la torre dos. Había un chabón con una guitarra cantando, para mí venía de una noche de excesos por lo que se veía; me acerqué para dejarle cincuenta pesos y sí, olía a alcohol, fernet quizá, me miró y me sonrió como agradeciendo, ¿me miró el culo? Pero no dijo nada así que seguí. Llegué a la torre, me saqué los auriculares, toqué el portero… piso tres departamento c. ¿Sí, quién es?, dijo la secretaria. Soy Marlene. Pasá. El ascensor ya me estaba esperando parecía, me miré en el espejo y me sonrió, ¡nada mal, eh! Golpeé la puerta y me abrieron enseguida, seguí a la secretaria y me dijo que pasara, que ya me tocaba, no me gustaba esperar… así que entré entusiasmada. Hola, Susi, dije con un enorme suspiro. ¡Hola, Marlene! Sabía que ibas a poder venir después de casi dos años, me dijo la psiquiatra contenta. También me alegra verte en persona y no por una pantallita. Nos abrazamos y me preguntó qué tal estuvo mi viaje.

Jimena Maggio
Jimena Maggio
Jime en pintura

Cara – de Natalia Lenart

La perra defeca con fuerza y con la mirada fija, concentrada; sobre el centro del patio de tierra. La rodean excrementos de otro perro, un gran danés terco. Mi cara inmóvil conecta con la luna; las nubes quieren cubrirle la cara. Se cruzan delante de ella. Cara de catarsis activa. Hocico de catarsis. Mi cara redonda e impulsiva se detiene. Cara constipada.
Mi padre me dijo una vez, tu cara es la cara de la abuela Ana. Alemana de párpados caídos y labios finos.

Betabloqueantes cerebrales; controlaron mis impulsos imaginativos.
Interferencias emocionales, dendritas alocadas en busca de sinapsis normal.
Taller literario, taller en cuarentena, taller a distancia.
Conexión intermitente.
Textos jugados, devoluciones magistrales. Compañeros comprometidos y un profesor de la hostia.
Talentos potentes, en aislamiento obligatorio, se fortalecieron.
Covid-19: el taller NO TE TIENE MIEDO.

Natalia Lenart
Kit contra el covid

Coma – de Rocío Kiryk

Me veo imagino pesase cinco, ocho, diez kilos menos. Me veo vuelvo a comer, quizás, por eso. ¿Será? Si a mí no importa un zapato, o un labial, ¿por qué igual entonces? Si sé que pasan otras cosas puntos focos otros lados. Sé, pero igual.
— Profe estoy gorda ahora que miro a la cámara
— Estás hermosa, ¿qué decís?
Es verdad es preciosa yo también me veo en la cámara y veo mi cara gorda hinchada el bulto debajo de la cadera la pierna cuadrada sin forma. No hay tantos detalles en cuerpos señores no miran ni dicen que están hermosos. ¿Por qué me importa? No me importa me importa tanto mucho tanto tanto. Y no quizás no tanto y vuelvo a ese pedazo de pastafrola. Mañana pienso desayunar esas chipas frizadas y mate. Y no voy a dejar comer hasta la última, que se acaben, mientras alguien está haciendo algo importante yo voy a comer pensando en que no tendría que comer y disfrutando y sufriendo y pensando si a mí no me importan los labiales, o los zapatos, ¿por qué me importa la culpa de la chipa y la frola, y lo hermosa de ser cadáver con los tobillos, los tobillos tan flacos?

UNA OCUPACIÓN MENOR

EL CANGREJO DE CHUANG TZU
Entre sus muchas virtudes, Chuang Tzu tenía la de ser diestro en el dibujo. El rey le pidió que dibujara un cangrejo. Chuang Tzu respondió que necesitaba cinco años y una casa con doce servidores. Pasaron cinco años y el dibujo aún no estaba empezado. “Necesito otros cinco años”, dijo Chuang Tzu. El rey se los concedió. Transcurridos los diez años, Chuang Tzu tomó el pincel y, en un instante, con un solo gesto, dibujó un cangrejo, el cangrejo más perfecto que jamás se hubiera visto. —Ítalo Calvino

Me acuerdo un poco distinto el texto ese, pero algo así era. Pensaba en el tiempo muy periférico que puedo dedicarle a escribir, no porque salga un cangrejo perfecto después, sino por el tiempo “otro” de la literatura. Y muchas cosas otras que tiene la ocupación. Una vez, una profe, me dijo que encontraba como una rebeldía el dedicarse, no solo a escribir, sino a lo que sea que se relacione con una actividad literaria, en el sentido de que vivimos en un mundo productivo y no hay nada más improductivo que el arte en general. Pero ahora que pensaba en nuestro contexto, en cómo le dimos prioridad a lo “esencial”, y obviamente, que no solo de producir vivimos. Ahí se me cayó un poco la idea de que estaba bueno escribir porque era quijotesco, improductivo. A principio de año pasó eso de Cabezón Cámara defendiéndose del copyright de la biblioteca virtual y Busqued en su face burlándose de “les trabajadores de la palabra”. Algo siempre hay de cosas importantes y cosas periféricas, el lado A y el B. Ahí está un poco la cuestión si consideramos el arte como una cosa inalcanzable, tocada por los dioses, es una ocupación más aristocrática que burguesa y la reivindicación de lo improductivo es una cuestión de quién tiene “tiempo”. Si pensamos a alguien que se dedica a escribir solo textos literarios lo ponemos en el pedestal ese de especial, pero si alguien que escribe puede hacer el guion de un videojuego o una noticia, quizás sea un profesional y como profesional se puede sindicalizar, como los guionistas de The Big Bang Theory… de repente no es una cosa solitaria, egocéntrica, sino un trabajo como cualquier trabajo. Puede ser una cosa desacralizada, pero de todas formas una práctica con otros, de vuelta, “tiempos”. Y todas esas concepciones que dan vueltas organizan nuestras prácticas, entre priorizar si lavar los platos, escribir porque sí o ponerse a trabajar. Pero el texto del cangrejo no es solo sobre tiempo, también es de “espacio”: una casa con doce sirvientes. Usar la computadora en la pandemia para muchos nos significa reemplazar el aula o la oficina, y ya de eso también siento la burla del trabajo “menor”, o la vergüenza. O la culpa. “¿Vas a usar la computadora?”: tengo que corregir, yo que hacer un parcial, yo un trámite del Anses, la capacitación del aula virtual, yo me voy a poner a escribir en busca de una estética. Busqued se va a venir a burlar. 

Rocío Kiryk
Tiempo y espacio

Bichos raros, de Nadia Gómez

Nadia Gómez es una joven escritora, nacida en Buenos Aires en 1982. Su libro de cuentos Bichos raros combina animales reales con situaciones de marginalidad, crípticas y a veces difíciles de seguir: “Saber esperar no es chapuza del lenguaje, es el estado mental del cálculo”, se lee en el relato “Cuervos”.

El libro consta de doce cuentos, que nos introducen en una literatura poco convencional y que tienen el mérito de alejarnos totalmente de la indiferencia. El primero de los relatos, “Plaga”, puede atraer a aquellos que prefieren un texto comprensible de una sola lectura, y no escarbar debajo de las palabras. Es corto y relaciona los loros con un personaje real, un político, para concluir con una crítica mordaz, cruda, que no se aleja de la verdad: “El presidente Ortega necesita oír las injurias de la lora para acordarse de que está vivo”. El segundo, “Cuervos”, puede atraer a aquellos que optan por una original manera de escribir. En él nos da datos acerca de estos animales, cuya fama en general es nefasta. La narradora los personifica, dotándolos de inteligencia y de la facultad de saber esperar. Agrega a esa descripción la historia de Alan Raúl, un adolescente preso por robo que escribe, y se mimetiza con, la historia de Udi y un ángel: “Udi le pide al ángel que vuele, que lo quiere ver. ¿Qué es lo que más te importa en la vida? Y Raúl pasa la lengua por la costra restante hasta no dejar ni un gránulo dulce”.

Leer Bichos raros es una aventura novedosa y singular. La autora les imprime a sus historias un ritmo especial, donde irrumpen circunstancias atípicas que descolocan al lector desprevenido. Su narrativa huye de toda “normalidad”.

El libro se complementa con imágenes impactantes de la gran dibujante Muriel Bellini, que las ha sabido fusionar de forma conmovedora con la creatividad de Nadia.

Este es un libro para los que quieren atreverse a mirar más allá, para los audaces a los que les gusta ahondar en cada oración. “Ayer me pidieron que escribiera simple, sin aspiraciones, limpio”, dice otro cuento suyo, aparecido en una revista cubana, “Escriba para boludos, dijo el consejero. Lo que requiere explicación no sirve. Orden. Una cosa, después otra cosa y así. Porque lo que no se entiende no me interesa. Bueno. Pensé toda la semana en el consejo del consejero e hice un bollo de mí” (Revista La Noria- 2017). Estoy segura de que esta actitud refleja el pensamiento de la autora y sus convicciones acerca de la literatura. Bichos raros es un libro exclusivamente para los que reniegan del orden y aman lo inexplicable.

Graciela Vasco

Bichos raros, de Nadia Gómez. Con ilustraciones de Muriel Bellini. (Palabras Amarillas, 2019)

2018 Bichos raros

 

El libro de las formas que se hunden. (Cuadernos de lengua y literatura Volumen IV), de Mario Ortiz

“Ese poema narrativo incrustó un barco permanente en mi cabeza”. Así evoca Mario Ortiz en la introducción de su libro, el poema de Daniel García Helder sobre una vieja embarcación, “Ciudad de Rosario”. Naves-hoteles podrían definirse como las principales obsesiones que se reactivan a través de hechos fortuitos en sus propios poemas-narraciones.

En los primeros poemas las palabra llegan en ondas líquidas, una “voz caracolar” de versos irregulares, mayormente extensos. Abunda la sangría, como playa presente en la percepción visual del texto. El autor no se priva de matices como vocablos en alfabeto griego, expresiones en inglés y portugués, la voz en off, los términos completos en mayúsculas.

Ortiz echa mano -o pluma- a las historias locales y foráneas de barcos y de hoteles, y a temas tales como el comercio mercante, los gauchos, el ámbito rural, la conversación marinera.

Emerge de tanto en tanto la reflexión sobre el hecho literario:

“y el mar imita al lenguaje

y el tiempo imita al mar que imita al lenguaje

por eso estos barcos

estos hoteles

han entrado al poema lo mismo que a un mundo familiar

triturados en las mandíbulas de la sintaxis”

Y más adelante:

“trabajados

sobre el papel

raspados

lamidos”

El autor no elude oportunidad para zambullirse, en ciertos tramos, en una prosa de información excesiva. Pero por fortuna vuelve al verso breve, intenso.

“y un pez saltó del agua

y se comió una estrella”

No es quizás, un libro de poemas convencional, sino una aventura náutica donde conviven búsquedas, un modelado de la palabra escrita, que va dejando en el lector marcas más o menos profundas, como formas que se hunden.

Margarita Rothenberg

 

El libro de las formas que se hunden (Cuadernos de lengua y literatura Volumen IV), de Mario Ortiz (Gog y Magog, Buenos Aires, 2010)

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